martes, 2 de septiembre de 2014

Alí Babá y los cuarenta ladrones.



El brillo de aquella mole de rocas en medio del desierto, no dejaba de cautivarlo. La tocó. Sintió en sus manos toda la textura de la piedra y descubrió la entrada oculta delante de sus ojos.
Recordó viejas palabras de un cuento olvidado de su abuela, y exclamó con los pulmones llenos de aire.
-¡Ábrete sésamo!
La roca se deslizó a un lado chirriando, rozándose contra ella misma. Y cuando Alí entró, descubrió un hueco en el universo. Una entrada a cuarenta mundos diferentes, tan repartidos en el espacio como en el tiempo mismo.
Seducido por el tesoro delante de sus narices, no advirtió que la puerta de la máquina se cerró detrás de él, encerrándolo en un viaje continuo por la galaxia.
Cuarenta fueron los mundos que conoció Alí Babá y que le quitaron su juventud, antes que la conciencia de la maquina lo asimilara a sus conexiones sinápticas.
Una célula más pegada a ella, en una eterna caminata estelar.

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