jueves, 18 de septiembre de 2014

Olivia.



Despertó con un sobresalto por la llamada entrante, directo a su corteza mediante el implante cerebral. Desde la comisaría era su jefe, el “Sombrerero”, quien le buscaba. Otro asesinato consumado, otra puta androide descuartizada en medio de la calle. Aunque prefería que no, igual le dijeron el nombre de la víctima. Era conocía dentro de la zona roja de la neuro-red, como “La Reina de Corazones”. Un caso más relacionado con el asesino serial más buscado por la policía para-universos: “El Conejo Blanco”. Desde que empezó a trabajar es que estaba detrás del sujeto, hasta ahora sin suerte. Su deber era encontrarlo. Detener la masacre de todas las noches.
Necesitaba más pistas. Puntos que relacionar entre éste y el “otro lado”, ese universo alternativo al cual ella, era la única capaz de entrar. Sabía con quien hablar, “La Oruga Azul” era su contacto. Por alguna razón que averiguaría, él conocía más sobre “este lado” que el de él mismo.
Tu hermana puede ayudarte, le había dicho su jefe. ¿Alicia? la alter-ciencia la mantenía ocupada, lejos de todos. No. Ella podía muy bien sola. Olivia trazó las coordenadas en su bio-reloj y fue transportada a ese otro país,  no tan maravilloso.

viernes, 12 de septiembre de 2014

La máquina de hacer cuentos.



Un  alma, estática y semiconsciente, por cada una de las cápsulas criogénicas que atestan el edificio. Las conexiones principales salen de las vainas, como raíces de un hongo, vivo y parasito, directo al núcleo de la fábrica. El cerebro mismo de Scherezada.
Vacía de misericordia, ella, les extrae a los durmientes sus recuerdos preciados. Esos que se encarnan en la piel y el corazón.
Ella es como una abeja. Exige de peones. Es La Reina del panal, instalada en medio de una ciudad que apesta a humanidad: su ganado.
Ella, ella es Scherezada. Y necesita historias que contar. Necesita de aquellos quienes las vivieron, para arrancárselas de cuajo, y una vez terminados, dejarlos allí, como plantas huecas, estériles. Sin vida.

martes, 2 de septiembre de 2014

Alí Babá y los cuarenta ladrones.



El brillo de aquella mole de rocas en medio del desierto, no dejaba de cautivarlo. La tocó. Sintió en sus manos toda la textura de la piedra y descubrió la entrada oculta delante de sus ojos.
Recordó viejas palabras de un cuento olvidado de su abuela, y exclamó con los pulmones llenos de aire.
-¡Ábrete sésamo!
La roca se deslizó a un lado chirriando, rozándose contra ella misma. Y cuando Alí entró, descubrió un hueco en el universo. Una entrada a cuarenta mundos diferentes, tan repartidos en el espacio como en el tiempo mismo.
Seducido por el tesoro delante de sus narices, no advirtió que la puerta de la máquina se cerró detrás de él, encerrándolo en un viaje continuo por la galaxia.
Cuarenta fueron los mundos que conoció Alí Babá y que le quitaron su juventud, antes que la conciencia de la maquina lo asimilara a sus conexiones sinápticas.
Una célula más pegada a ella, en una eterna caminata estelar.