miércoles, 20 de agosto de 2014

La mente del naufrago.



No tenía certeza de estar despierto o si sólo era un sueño. El sentimiento de angustia le oxidaba el alma desde hacía tiempo. Sin duda, algo no estaba bien. Abrió los ojos y el desierto se expandió delante de él como un abanico gigante, desplegándose sin límite. A cualquier punto que mirase el horizonte no tenía fin. Continuaba infinito. Desolador. Sin tiempo a razonar, cayó en la arena y convulsionó. La imagen cambió una vez más.

El protocolo de seguridad de la nave cortó el híper-impulso de los motores. Quedó allí, varada en medio de la nada. Perdida en un punto desconocido en la desesperación del espacio exterior. Con la inseguridad de no saber si se estaba del derecho o del revés. Los circuitos de navegación fallaron al mismo tiempo.

¡ALERTA! ¡ALERTA! SISTEMA DE SOPORTE VITAL SOBRECARGADO. RIESGO DE SHOCK ORGÁNICO. INICIO DE MANIOBRA AUXILIAR: DESVÍO DE SUPLMEMENTOS A CÁPSULA DE EJECCIONES.

Volvió en sí. La vastedad de un mar embravecido de muerte e infestado por gritos de auxilio, lo abrazo de lleno. No podía respirar. Sabía que era irreal. Recordó como los cables se incrustaron en su cuerpo antes de entrar en sueño profundo, dos horas después de iniciado el viaje. Estaba seguro que su conciencia ya no era la misma. El oxígeno no alimentaba sus células como debía ser. Era caer interminablemente al vacío. Flotar en la nada misma de la soledad.

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