jueves, 17 de enero de 2013

AMOR FATI


Mi padre juega conmigo en las tardes de verano, y en la mañanas de invierno antes de ir a la escuela nos da concejos a mis hermanas y mi sobre cómo comportarnos. Nos muestra que la vida es dura, pero que puede alcanzarse lo que nos propongamos con empeño y decisión.
Él es un hombre seguro, correcto y ama a mi madre. Gracias a todo lo que sabe, yo soy, y estoy aquí. Demuestra lo que siente. Dice lo que piensa, razona nuestras acciones. Se mantiene a la par nuestra en cada batalla que libramos.

Una mañana desperté dolorido. Había silencio en mi mente y en mi habitación. Miré a mí alrededor y supe el porqué.
Nada de lo que creía, nada de lo que esperaba de mi padre era real.
Apenas un imaginario personaje de cuentos inconclusos, revueltos y aburridos. Dolorosos desde la raíz hasta la punta del árbol más seco del jardín que nunca nos perteneció.
Todo lo que de él esperé jamás se hizo realidad. Quizás por el pasado, por su presente y su futuro, nunca estuvo determinado a ver.
No demostró interés en mis cosas, yo nunca me interesé por las suyas. Y así continuamos, y así nos separamos.
Por mi parte, sin rastros de remordimiento. Comprendiendo que mi rencor hacía él no era producto de sus acciones, sino, todo lo contrario. Era la suma de mis pensamientos enrollados de esperar algo que nunca (palabra mencionada ya cuatro veces), llegaría.
Porque él es así, y yo otro tanto.
Tener una hora de lucidez solo hará liberarme el camino que puedo transitar. Sin mirar atrás, sin buscar en el pasado lo que ahora, en este momento, puedo brindar. Lo que puedo cambiar, y sentir.
Dejar de esperar.

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