lunes, 9 de abril de 2012

Una Noche en la Misma Oscuridad.-

Hacía ya tres años que era capitán del Mariana, la nave intergaláctica más veloz de todas. Única en su tipo. Y estaba orgulloso de tener en sus manos semejante responsabilidad.
Aún así restaba mucho trabajo por hacer. Los “Destructores de mundos” aún seguían allí, vagando en el espacio, extinguiendo cada planeta que encontraran a su paso. Juan, como tantos otros estaba dispuesto a erradicarlos definitivamente de la galaxia, aunque le llevara toda su vida.
A pesar que el casco de la nave era de una extraordinaria resistencia, sufrió averías de consideración en su última batalla, y la misión ameritaba que las reparaciones estuvieran listas en menos de tres horas. Un nuevo encuentro se aproximaba.
Juan decidió que lo mejor, para alcanzar su objetivo, era ponerse al máximo con las herramientas.
Fue al cuarto de máquinas donde estaba el generador principal del Mariana, él corazón propio de la nave. Un minúsculo artefacto que brindaba energía a más de una hectárea de metal. Cada compartimento albergaba tripulación, comida, armas y demás cosas que fuesen necesarios. Hasta tenía naves de ataque en su estomago, listas para una ofensiva. De un color gris opaco, (aunque en el espacio se veían todas las cosas del mismo color), su silueta resaltaba contra toda luna o planeta con el que quedaran a expuestos. Con seis motores, podía alcanzar una velocidad mayor a la luz. El Mariana era descomunal en todos los sentidos.
Juan necesitaba realizar modificaciones en los conductos de energía, la batalla requería que los escudos de la nave tuvieran alimentación directa con todos los circuitos.  Era sencillo realizar el cambio. Pero Juan llevaba dos días sin poder dormir lo suficiente. Una mente entumecida y un error tan vasto como el universo.
Las conexiones hicieron corto circuito y lanzaron el cuerpo de Juan a tres metros de donde estaba, su cabeza golpeo en seco contra las puertas y éstas quedaron manchadas de carmesí.
Inducido a coma para poder curarlo, Juan yacía en la enfermería rodeado por más personas de las permitidas. Todas esperando tomar una decisión imperante.
Si bien la misión era llegar al campo de juegos de los destructores, el plan era hacerlo provisto de todas las fuentes de energía posibles. El Mariana estaba varada sin nada con que defenderse.  Y los técnicos tenían una idea. Usarían la consciencia de Juan para guiar la nave. Eso requería conectar su cuerpo al generador para que mutuamente intercambiaran información y experiencia.

Maquina y hombre, luego de largas horas de trabajo, eran uno solo físicamente. Los técnicos lograron su cometido, y con la ayuda de los médicos, los cables que salían del generador eran de todas las variedades. Aún así, faltaba lo esencial. Cada uno de los presentes se miró con su compañero, esperando el consentimiento del otro antes de apretar el botón que iniciaría la reacción.
Pero no hizo falta.
Los técnicos nunca entendieron quien reaccionó primero, abrazando al otro, si Juan o el Mariana. Pero el hecho es que las luces del compartimento se encendieron junto con la sincronización de la conciencia de Juan, con el Mariana.
Llevó un par de minutos, luces que parpadearon, chispas unos pasos más allá y alarmas extrañas que nadie sabían que tenían a bordo. Pero luego de unos instantes, nadie supo quien rechazaba a quien. El cuerpo de Juan comenzó a convulsionar de manera escalofriante.
-¡Hay que desconectarlo o empezará a recibir descargas! – dijo alguien mientras corría al panel de control.
En el vacío las cosas no iban mejor. Treinta naves de ataque se aproximaban al Mariana con todos sus sistemas de armas activados.



Cuatro descargar fueron necesarias aplicar sobre el cuerpo de Juan para que su corazón volviese a latir, y su consciencia retornara al estado de lucidez.
Rodeado de dos médicos y cuatro enfermeras, dos hombres y dos mujeres, recordó con lujo de detalles como su cráneo daba de lleno contra el vidrio de la puerta izquierda del auto que conducía. El choque fue tremendo. Gritos de desesperación le llegaron de todos lados, ruido a metal y vidrio contra la calle sonaban como barras de cereal deshaciéndose en la boca. Apenas lograba distinguir el caos que era fuera del coche. Un ligero mareo, cerraba los ojos y segundos después los paramédicos hablaban sobre él, sobre para la sangre que emanaba de una herida en la pierna, y una posible hemorragia interna. Quiso poner resistencia, pero de todos modos le colocaron un tubo dentro de la garganta. Dijeron que era para que respirase mejor.
Hora en el quirófano las cosas no marchaban mejor.
Se sentía avergonzado por estar desnudo sobre una camilla mientras uno de los doctores, una mujer, iba desgarrándole las ropas para dejarlas en el piso y así poder trabajar sobre él con mejor libertad.
-Mi nombre es Mariana. – Le dijo pegando su rostro al de él – Quédese tranquilo, estamos para ayudarlo.
Él sólo esperaba que todo terminase allí, sin tanto alboroto. Pero no le era posible. No sentía la mitad de su cuerpo, los dedos de la mano no le respondían, mucho menos pretender mover los del pie. Quería llorar, pero ya no le quedaba fuerzas para nada más.

El día no tenía que terminar de eso modo. Debía ser como siempre. Salir de casa. Trabajar. Quizás a la tarde algún momento de distención podría permitirse. Y volver a la comodidad de su casa. No había nada mejor como estar encerrado allí, al resguardo de todo mal, disfrutando un buen libro, una excelente película, o simplemente recostarse en el sillón escuchando música, y de la buena.
Nadie le cocinaba, tal vez ahora, si sobrevivía, tendría que pensar en esa opción. Ya no más comida barata; milanesa con papas fritas, o sándwiches fríos. Era una buena idea. Todo allí pintaba mejor que antes, siempre y cuando lograra encontrar la salida de aquel lugar.

Quiso levantarse. Intentó sentarse. Pero hasta los brazos de las dos enfermeras era suficiente para mantenerlo atado a la camilla. Su lengua balbuceó intentos de palabras que murieron allí, sin poder salir a la superficie. Se sentía acorralado, apresado. Y tenía mucho sueño.
Él no quería, pero de todos modos hurgaban en su cuerpo, buscando heridas, hemorragias internas y fragmentos de vidrios o metales. Todo su cuerpo era un depósito de chatarra oxidado y retorcido. No quería estar tirado en ese lugar prefería algún lejano paraíso antes que aquella expectativa de muerte.
Con esfuerzo, le brindó una sonrisa a las sombras que se movían con lentitud en derredor, suspiró y se dejó llevar.
Las enfermeras gritaron. Gritó la doctora. Y el médico trajo consigo el equipo para volver a darles descargas directo al corazón.



Los moquitos no le picaban. Los devoraban. Le atravesaban la piel como si fueran espinas gruesas intentando desangrarlo.
Sabía que en medio de la selva sería difícil ubicar las estrellas para saber donde estaba. Necesitaba subir a algún árbol, o al menos hallar un claro que le permitiera mirar el cielo. Hacía ya tres noches que deambulaba sólo por el paisaje aquel, lleno de criaturas salvajes intentando darle caza. No se le permitía llevar nada más que un cuchillo hecho por sí mismo para defenderse y proveerse de alimentos. Su tribu le esperaba del otro lado de la selva. Habría una gran fiesta en su honor, porque no solo alcanzaría la hombría luego de terminar con el ritual, sino que sería el primero en llegar hasta el otro lado. Aún así, necesitaba de las estrellas.

En el camino calló en dos trampas. Nunca supo si los jefes de la tribu eran los responsables de ello, no sabía si era para la caza de su gente o como obstáculo de la prueba, del gran camino que recorría como hombre. A pesar de las heridas que se abrieron cuando escapo de ellas, su mirada continuaba allí, delante. Atento al menor ruido, sigiloso como toda criatura que acecha su presa, fue moviéndose por entre los árboles, intentando ser invisible. Sabía que estaba cerca. Escuchaba risas y cantos. El infinito charco de agua no estaba lejos.
Se agachó y miró a todos lados. Husmeó el aire, tocó la tierra. Algo vibraba bajo sus pies. Algo lo llamaba.
Como gran cazador que sería, esperó unos segundos antes de seguir en cuclillas, siempre acechando.  El hambre y la sed comenzaron a jugarle una mala pasada. Hacía un día que llevaba ya sin probar nada, y así debía de ser. Su cuerpo tenía que estar preparado para todo.

Corrió por unas cuantas horas y ni rastros de la playa encontró. Miró una vez más al cielo. Estaba desesperado. Volvió a correr. Se detuvo y escuchó. La noche comenzaba a jugar con él. Le traía sonidos nuevos, aterradores, de voces, de metales chochando entre sí.
Rebuscó una vez más en el cielo aquella estrella que le permitiera seguir el camino. Vio como un rayo de luz cortaba el firmamento hacia el sur. Hacía allí iría.
Quiso correr pero por no prestar atención su pie terminó en un nido de víboras que descargaron sus colmillos en él. Cuando pudo salir, le arrancó la cabeza a uno de esos animales traicioneros y lo arrojó tan lejos como sus fuerzas se lo permitieron.
Sentía que su cuerpo empezaba a arder. Se tambaleo un par de veces antes de llegar y tumbarse contra un robusto árbol que se extendía distante hacia arriba.
El veneno corría por sus venas, contrayendo cada uno de sus músculos dejándolo sin aliento más de una vez.
Aún así, estaba seguro, porque confiaba en su estrella, que pasaría la prueba. Su tribu lo recibiría como el gran cazador al que aspiraba convertirse.


Pero ya no quería sentir la agonía en su piel. Cualquier lugar era mejor bajo aquella noche. Cualquier tiempo era mejor que aquella pesadilla.

1 comentario:

  1. son como varias experiencias astrales, muy bueno me gusto mucho, corto, breve al punto.

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