lunes, 2 de enero de 2012

A UN SALTO DE PAGINA.-

El reloj sonó como si se encontrara dentro de su cerebro intentando aplastarle el cráneo. Ese golpeteo era como si algo muy dentro de él reclamara por salir.  Ese impulso por ir a la calle y en lugar de tomar el auto, seguir hasta la parada del autobús que quedarse allí hasta tomarlo.
Pero terminó allí mismo. En cuanto sus pies tocaban el piso frío, la noción de una realidad que amenazaba con perforarle el alma si no respiraba, volvía a su cuerpo.
Fue hasta el baño, hizo todos los rituales matutinos, cepillarse los dientes, emparejar las entradas, intentar despertarse de las ojeras, que para ser un hombre de treinta y nueve años estaban demasiado presentes en su vida. Se enjuagó las manos ya como tres veces, una cuando los dientes, otra para sacarse el gel que le quedó del cabello, cuando fue a orinar, y una cuarta que no había prestado atención hasta recién, cuando tiró la cadena del inodoro. Aún seguía en tratamiento por los impulsos neuróticos que solía tener, estaba convencido, no existía tratamiento para él. Apagar la luz del baño, encender la de la habitación, apagar ésta, e ir a la cocina. Colocar la pava con el pico hacia la derecha. Prepararse el té siempre pisando el saquito. Quizás un día de éstos todo en su conjunto llegara a matarlo.
Deseaba morir cada mañana antes de ir al trabajo. Antes de poner un pie en la calle. Esperaba interceptar algún ladrón de carteras a quien perseguir, y a la vuelta de cualquier esquina, él quedara boca arriba por no haber sido suficientemente rápido al sacar el arma y disparar primero. Pero era solo eso, un deseo.

Como detective de élite de la policía gozaba de ciertos beneficios, que en más de una ocasión pudieron sacarlo de apuros eran tantas ya esas ocasiones que ni vale la pena mencionarlas. Siempre de un problema a otro, ni el alcohol puede ahogar tanta nostalgia a nada…

Un llamado, y toda reflexión matutina caen en un saco roto. Antón siempre es el primero en llegar (uno de los privilegios). Un crimen se cometió en la fría madrugada. Una vieja casona destartalada deja entrar el viento por cualquier agujero, ya sea del techo, la pared o al ras del piso de madera que rechina con cada paso que da. El hombre está tirado frente a un sillón carmesí desvencijado, enlazado por la ya harto conocida tiza blanca, como queriendo evitar que se escape. Los flash de las cámaras inundan la habitación a cada segundo, mostrándoles detalles inútiles al caso. Llega hasta la víctima y arrodillándose, levanta el plástico negro que lo cubre. Su rostro le es familiar.

Las requisas apuntan a la mujer, supuesta infiel empedernida. Pruebas más, pruebas menos, y el caso queda resuelto como si perteneciera a dos páginas de un cuento macabro.

Antón regresa temprano esa noche para beber su ya habitual copa de whisky, pero esa noche algo no encaja en el plan general. Una vez que cierra la puerta de su casa, que cumple con los rituales de la noche, y deshace su cama dispuesto a abandonarse al sueño, un papel llama su atención debajo de la almohada. Intentando recordar cuando lo puso allí, y mientras toda la ciudad se calla por completo, lee la nota que nadie firma: “No duermas hoy. Iras un paso delante de él”. Se sienta en la cama, se toma la frente intentando pensar que locuras manipula su mente en esos días. Con la certeza de que debe volver a ver a su psiquiatra, se deshacer del papel en minúsculos fragmentos de él.

La mañana despunta, con los mismos rituales, las mismas reflexiones.
Pero un caso lo devuelve a la realidad. Un crimen se cometió en la fría madrugada. Una vieja casona destartalada deja entrar el viento por cualquier agujero, ya sea del techo, la pared o al ras del piso de madera que rechina con cada paso que da. El hombre está tirado frente a un sillón carmesí desvencijado, enlazado por la ya harto conocida tiza blanca, como queriendo evitar que se escape. Los flash de las cámaras inundan la habitación a cada segundo, mostrándoles detalles inútiles al caso. Llega hasta la víctima y arrodillándose, levanta el plástico negro que lo cubre. Su rostro le es familiar. Ha visto al sujeto en otro lado. ¡Pero donde!
Sin decir nada, sigue sospechando que su mente comienza a desvariar, y al llegar a este punto Antón siente las piernas flaquear, ¿cuando se pregunto sobre su cordura?

En su despacho interrogan a la mujer de la víctima, y mientras rebusca en sus cajones por una lapicera, una nota lo pierde de nuevo.
“YA LOS SABES. FUE ELLA. DEJA DE PERDER EL TIEMPO”
Sale del despacho furioso, gritando, reclamando la presencia del dueño de la nota. Al no tener respuesta de nadie, envía a la mujer con su colega y se pone a examinar el papel.
El teléfono casi lo hace caer de su silla cuando suena de improvisto. 
-¡Antón, quien habla! – dijo sin darse cuenta del tono.
-No tengo mucho tiempo. Él nos vigila. Esta noche no te duermas, y sigue las instrucciones. Adiós.
No hay tiempo a replicas. El silencio no se hace esperar.
Aturdido cuelga el teléfono, y sin más, entre pruebas más, pruebas menos, el caso queda resuelto.

Antón vuelve a casa temprano una vez más. Llega a su cama y toma la nueva nota. “Sal a la calle en cuanto todo quede negro”. Espera en su cama. Espera y ve como el mundo por completo queda a oscuras, como si nada tuviera vida.
En pijama sale afuera sin tanto preámbulo y atrapado por la curiosidad; delante de él un hombre de galera, pipa y sobretodo a cuadros lo espera ansioso.
-¡Por fin has decidido unirte a nosotros! – le dice tomándolo de los hombros. – Lo sé, quieres explicaciones. La tendrás, solo caminemos.
Por la calle no hay ni un alma, solo ellos dos, Antón y el desconocido, caminando hacia la nada.
-¿Quién es Él? – dice Antón.
El desconocido ríe a carcajadas.
-¡Vaya! No pensé que esa sería la primera pregunta. Digo, por lo general a todos siempre les interesó saber quién era yo. Pero bueno, es tu historia, tú mandas. Él, es Él, y lamentablemente no tenemos poder sobre él. Es quién decide cuando hablamos, cuando reímos, hasta cuando pasamos a mejor vida. Es el artífice de todo. Pero… aún así, podemos dejar de ser sus títeres. Esta noche, amigo mío, dejaras esta historia y podrás llegar donde quieras.
-¿Dejar ésta historia? – dijo Antón parando en seco, pero su compañero lo apremió a que siguiera andando. - ¡Es mi vida!
-Erro amigo, somos el producto de una imaginación brillante. Nada de lo que ves es, o fue real. Todo coexiste en un plan rígido de diálogos e imágenes en blanco y negro. Y hoy es el día en que ya nadie podrá estancarnos. Para nuestra libertad, apenas estamos a un solo salto de pagina.

1 comentario:

  1. me gusto mucho toda la primera parte, muy buena pare libreto cinematográfico, el final, no es que no me gustara, me pareció más bien abrupto, pero tiene que ver seguro con lo rápido y fluido que se desarrolla la historia, otro final, más complaciente y explícito hubiera sido malo, este final, es lo justo.

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