miércoles, 1 de diciembre de 2010

EN RUTAS SALVAJES.-

"Hay sólo dos maneras de ver la vida: una como si nada fuera un milagro; y la otra como si todo fuera milagroso" Einstein.


Ese día comenzó tarde. Eran las diez y media cuando nos despertamos y las once al levantarnos de la cama. La pereza del domingo nacía directamente de entre las sábanas, se colaba por nuestros bostezos y se apelmazaba en los huesos.
Por más que la luz del medio día perdido golpeara la ventana, ajusticiándonos por la falta de cariño hacia esas horas, seguimos abrazados hasta que tuvimos que poner un pie abajo.
De todos modos el apuro por salir no fue nuestro motivador, la idea fue salir a las once; once y cuarto apenas nos hallamos en la cocina tomando mate y preparando uno de los bolsos (que por cierto, no era el mío).
Once y media sacamos la moto de living, y no bien pusimos ambos pies fuera de la casa, la tierra pareció tirar de nuestros cuerpos, apremiandonos a la aventura.
El sol en lo alto nos aseguró un viaje sin nubes en nuestros caminos. La brisa calmaba, fresca y chispiante, el aliento del astro. Todos compartían un perfecto equilibrio, brindándonos la sensación de lo desconocido.
Para mi lo era.
Todos los fin de semanas viajo en colectivo, y entre la multitud y el sueño que te origina el traqueteo el coche, es poco lo que uno puede apreciar. Ahora, en cambio, con el riesgo de caer de espaldas o de costado en la ruta (no es que la moto no fuera digna del recorrido), pero hay que estar despierto si no es uno quien maneja, pude contemplar todo cuanto se abría delante de mi.
Los campos eran de un color sublime, cual acrílicos desparramados con elegantes detalles sobre un lienzo. Los tonos jugaban con la vista, y los olores terminaban por embriagarme. El verde de la alfalfa y la gramilla, de los árboles y el trébol, hacia que la vida corriera delante de uno. Y el amarillo, aquel característico de las espigas de trigo, distaban lejos de hablar de muerte. ¡Todo lo contrario! Allí había esperanza.

Y así fue el primer tramo del recorrido. Cubierto por estos dos colores que invadían todo, como tremendas sábanas naturales.
No nos detuvimos en la primera ciudad, no era nuestra intención más que pasar por dentro de ella para alcanzar otro camino.
Con el nombre de un mujer antigua, la ciudad se alzó frente a nosotros, llena de colores y formas, de aromas a comida y algún que otro auto en marcha.
Pasamos desapercibidos, fugaces viajeros desconocidos. Entre vueltas y giros, dimos con en camino de tierra, esperando que ningún auto se nos echara encima. Tomamos la recta accidentada hacia un pueblo más. El trayecto si bien no fue largo, el paisaje lo hizo monótono. Casi ningún árbol, muy poco animales. Ninguna señal de movimiento.
Como si estuviéramos perdidos en un planeta terriblemente desconocido, a millones de años luz de la vía láctea.
Y sin previo aviso, dimos con el único asentamiento en todo el basto desierto. Aquel pueblo, con el nombre de una de las flores m´s alegres, según mi gusto, estaba constituido por un par de casas. Contarlas y dar su unidad, sería una doble gran falta. Por lo que tan solo diré: el vacío de sus calles y el silencio de su gente, solo era quebrado por algún ladrido flaco en el campo. Aún así, la estadía fue irremplazable.
Luego de unas horas, seguimos nuestro rumbo, por el camino más accidentado de todos lo que vi, en el cual hallamos un tramo considerablemente corto e inútil de asfalto, y que hasat el día de hoy no supe su funcíon.
La ciudad delante de nosotros se levantó majestuosa, aún sin perder su pasividad.
Recorrimos sus calles en moto, y sus veredas a pie mientras la gente común, y de todo tipo,  rondaba las plazas y los parques, disfrutando un fin de semana más. Las sombras de los árboles corrían entre las escaleras y los atrios del anfiteatro en el centro de la plaza.
Nada tiene sentido cuando no estas solo, y al mismo tiempo la dicotonomía de la vida, hace que cada minúcilo detalle exalte nuestro sentidos, haciendónos sentor vivos y unidos al otro por lazos indivisibles.
Mi colectivo llegó un par de horas después, ya con la noche sobre nosotros.
Desde mi asiento vi como su figura se alejó, sintiendo que una parte de mí se quedaba allí, en su mochila, para volver la semana siguiente.

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