domingo, 29 de agosto de 2010

Recuerdos.-

A la edad que tengo, que por cierto no es mucha, me pregunto como es que llegué hasta donde estoy, cual fue el camino que me trajo hasta aquí. Vuelvo la mente y el corazón hacia atrás, y las imágenes retornan a mi como cuadros vividos en alguna exposición.
Tengo noción de cuando era niño, y antes de la ausencia presente de mi viejo, los viajes que hacíamos juntos. Era camionero y solía llevarme con él en sus recorridos.
Amaba conocer cada uno de los caminos que se abrían delante de mi, desconocidos e indomables. Cada uno desembocaba en un sitio diferente, y la gente tan distinta la una de la otra, era como un festín de conocimiento para mí. Y con mi corta altura los veía tan altivos, imponentes, que todo lo sabían.
Hubo una casa en particular, de la que no recuerdo nombre ni dirección. Soló el gran galpón que había junto al tambo. Un galpón oscuro y enorme, lleno de todo tipo de herramientas oxidadas que en esos tiempo desconocía sus nombres y su utilidad. Y cuando tuve edad suficiente, ya no recordaba aquel lugar como para averiguarlo.
Recuerdo la tarde de calor húmedo en la que nos trajeron una jarra áspera, de color verde pálido con limonada. Los cúbitos de hielo era demasiados para poder "tomar del pico" con libertad.
Hay más de un detalle en mente, pero ya no se diferenciar si pertenecen al mismo viaje, a otros posteriores o si tan solo son producto e mi imaginación.

Por otro lado estaba mi madre. A ella la veo continuamente, aunque no esté más entre nosotros, metida en la cocina, en mi cuarto, y por toda la casa. No había comida que le saliera mal, y los aromas solían quedarse en el aire por todo el día. lo que ella hacía solía terminar bien.
El perfume al lavar la ropa convertía el patio en un basto jardín sin que contáramos con todas las plantas florares que pudieran existir.
De ella tomé todo lo que me permite seguir adelante, siempre con la frente en alto, sin dejar de intentarlo en ningún momento.
Aprendí a seguir de pie.
Sus palabras eran escasas, hizo la escuela el tiempo suficiente para saber leer, escribir y entender las matemáticas. Pero su sabiduría era mucho más que todo eso junto.

Luego están los amigos, los pocos pero buenos. Tengo recuerdos con una persona en particular con la cual vivimos pequeñas aventuras en cada ciudad que visitamos. Son los únicos recuerdos que me hacen sonreír de la nada. Conocí grandes lugares, y compartimos pequeños y grandes momentos que permanecen fijos en mí para siempre.
Es una amistad, de las que nunca se cortan.

Los recuerdos me permiten ver quien soy, y donde voy. Me han hecho el hombre que aún sueña con llegar a la luna.
Con ellos construí una basta biblioteca de conocimientos en base a experiencias únicas, porque son las que atesoro con ímpetu.
Hay otros que son descartados, porque su existencia no hace más que entorpecer la vida, estancándola en un charco de aguas negras. Retenerla sería volverla un mar de desechos impenetrables.
Aquellos momentos gravados con sus colores y aromas, con sus sonidos y horas, son los que merecen un lugar en el corazón de cada uno. Porque son eso recuerdos los que nos hacen sentir a salvo en una noche de tormenta, y de que en algún tiempo hemos vivido algo único.

2 comentarios:

  1. Hola martin, me gusto mucho lo que escribis, segui haciendolo.
    "...seguir adelante, siempre con la frente en alto, sin dejar de intentarlo en ningún momento..."
    "...Los recuerdos me permiten ver quien soy, y donde voy..." me gusta esta idea, asi debe ser.
    Gonza. :D

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  2. Me encantan los colores, aromas, y sensaciones que transmiten este relato.

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