viernes, 20 de agosto de 2010

EL VIAJANTE.-

…”mi condición de navegante del tiempo, de viajero de la eternidad.

Mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos”…
El Eternauta.


Alberto se despertó esa mañana, como todas por las que había pasado durante ya casi treinta años. Ya ni se molestaba en quitarse la modorra de arriba, iba directo baño donde encendía la luz tanteando de memoria la ubicación de la perilla. Ni hablar del trabajo de lavarse los dientes, eso si que se había convertido en una monotonía con la única variante que podría sufrir cada seis meses el pequeño artilugio.

Y así, esos veinticinco minutos en que tardaba diariamente para estar apunto antes de salir a la calle, ya podía hacerlos casi dormido para agregarle una cuota extra a su sueño.

El coche con el aire frió hizo que insultara hasta la mas mínima partícula de polvo que podía haber a su alrededor, echándole la culpa quien sabe a que pensamiento, por dejar sus bufanda colgada en el respaldo de la silla del comedor. Un cielo bastante gris predecía uno de esos días en que uno no quiere sacar las manos del bolsillo de su saco ni para pagar el colectivo que frenaba en la parada; por lo tanto la bufanda quedaría en su lugar una vez más.

Cuando descendió del micro no le prestó atención a nadie, le hartaba tropezarse con esas personas sumidas en sus pensamientos, como si fueran los únicos entes en la ciudad que odiaban levantarse temprano para poder vivir un año más. Para él eran todos iguales y no había otra forma de verlos.

Tan solo una cuadra lo separa desde la parada hasta el diario donde trabajaba hacía ya dos años. Siempre con las mismas noticias, los mismos chismes, la misma política hartante de sus días. El entrar al edificio no encontró ninguna diferencia con la calle, a acepción de que la calefacción estaba al máximo, al menos así lo dejaban ver las piernas de sus compañeras. Pero por lo demás, una reproducción exacta y a escala de lo que era el tráfico en esos momentos de la puerta hacia fuera.

Saludó a unos pocos, ni siquiera sabía porque lo hacía pero al menos una vez cada tanto no tenía nada de malo ser cortes. Aunque no tenía que tomarlo por costumbre. Hizo un par de comentarios absurdos sobre el partido de fútbol que, teóricamente, vio por la noche acompañado de nadie.

Todo terminó en un giro para sacarse su abrigo y colgarlo sobre su silla, apartar esta del escritorio y prender su computadora.

Ese día tenía que terminar un artículo en particular. Ninguno de los que escribió en su vida lo había apasionado tanto como aquel y en especial uno de sus personajes en particular.

Bajo un viejo edificio, que estaba siendo reconstruido desde lo cimientos, los operarios hallaron cinco cuerpos enterrados a más de un metro en el suelo. Todos mayores, de edades que rondaban entre los treinta y cinco y los cuarenta. Cuatro de las víctimas eran hombres, y tan solo una mujer. Los peritos informaron que estaban allí desde hacia casi sesenta años. Sus huesos eran testigos de la nueva generación que sobre ellos se levantaba. Jamás hubiera sido posible identificarlos si no fuese que cada uno llevaba sus documentos dentro de una bolsa plástica.

Después de muchas investigaciones Alberto dio con una foto de la víctima y quedó prendido de su recuerdo. La mujer trabajó como enfermera en un hospital cercano al lugar de los hechos y allí, todas las personas eran recordadas con una imagen colgada en las paredes. El rostro de la mujer lo cautivó para siempre, no dejaba de pensar ni un segundo en su cálida sonrisa y en sus ojos negros (aunque la foto era en esos colores, blanco y negro).

Por más que trataba, Alberto no podía dejar de pensar en ella; en la suerte que había corrido su corta vida pues según dieron los estudios, era la mas joven del grupo. Él paso todo el día y la tarde recogiendo información de cada una de las personas halladas, y en especial de la mujer, no quería omitir detalle de cuanto sabía del caso. Estaba en lo más profundo de él, dar a conocer a toda la sociedad lo que había ocurrido con todos, en especial con ella.

Así que ni cuenta se dio del paso de la hora, y cuando fue consciente de eso ya casi estaba solo en su trabajo. Se dijo que era suficiente por aquel día, y tomando su abrigo salió de allí.

La noche no cambió en nada, el frió glacial seguía de pie en todas partes, eso sumado al hecho de que quería llegar cuanto antes a su casa, lo condujeron a la boca del subte. Bajo en tropel con el resto de la gente que estaba en sus mismas condiciones. Sin que nadie lo notara insultó a un par de mujeres que no paraban de hablar a la hora de sacar la tarjeta para pasar por el molinete. Pero ni bien tuvo la suya, se refugió en un rincón del andén a la espera del tren y al poner las manos en el bolsillo sacó de él un papel extraño: una fotocopio de la foto de la mujer que tanto lo perseguía en su mente. Olvidó guardarla en su escritorio y ahora se la llevaba consigo.

Siguió con la mente puesta en el caso una buena parte del trayecto, y en un momento de descuido se durmió apoyado en la ventana para despertarse un minuto después completamente solo. Ni un alma transitaba el lugar, por lo que se alegro al poder subir tranquilo hacia la calle.

Y el choque con el calor lo desoriento como una cachetada nunca esperada.

Miró a todos lados, algo no estaba del todo bien. Debía de hacer como veinte grados, y los árboles de la plaza contigua estaban todo florecidos. Las manecillas de su reloj indicaron diez menos cuarto. Pero ¡desde cuanto tenía un reloj tan antiguo! La bocina del auto que casi lo atropella en medio de la calle lo sacó del trance. El coche era más viejo aún que su reloj.

Desesperado trató de hallar una explicación con la que dio segundos después, en un diario sucio en el banco de la plaza.

La fecha era de sesenta años atrás.

Y como una cascada, sus ideas fueron cayendo uniéndose entre ellas alrededor de un obsesión: salvar a la mujer entre todas las víctimas de aquel sucedo que horrorizo a la sociedad de su época. Sabía gracias a las pericias que esa era la noche de los homicidios, y dentro de una hora se llevarían a cabo. No lo dudo ni un segundo más, telefoneo a la policía y corrió hacia el lugar.

De ser posible quería llegar antes que el asesino para poder mirarlo a la cara. Pero el camino era largo. Tomó un taxi, caminó un trecho y el resto lo hizo corriendo.

Por fin alcanzó el edificio que se construía, sin aliento se metió en él tratando de no hacer ruido al chocarse con las herramientas desperdigadas por todos lados. Prestó atención hasta que le llegaron desde el fondo del lugar, ruidos a una pala cortando la tierra.

Al principio se acercó despacio, pero cuando estuvo delante del asesino, y al ver el cuerpo de la mujer en el suelo, se abalanzó sobre él. Derribaron cuanto tenían a su alcance, la pelea era atroz, y en la oscuridad era más difícil asestar algún golpe.

Pero Alberto ganó y dejó al asesino inconsciente tirado arriba de una carretilla mientras él se acercó a ver si la mujer vivía. Comprobó para su alegría que solo estaba dormida, pero viva. Quiso quedarse, pero en ese mismo momento la policía se hizo presente, y como no estaba en condiciones de dar explicaciones de cómo sabía tanto sobre el hecho decidió que lo mejor era escapar.

Desde la vereda de enfrente lo vio todo, como un curioso más. Sin poder hacer más que eso, mirar.

Confundido sobre todo lo que vivió, empezó a caminar, pensando. Porque ahora tenía un grave problema delante. ¿Cómo regresaría a su tiempo? ¿Lo habría afectado su intervención? Sin lugar a dudas, y pudo comprobarlo cuando al intentar sacar la fotocopia con el rostro de la mujer, el papel apareció completamente en blanco.

El cansancio de sus pies lo condujeron de nuevo al subte, quizás allí encontrara respuesta.

Sentando en el último vagón, trató de no dormirse para poder captar el instante mágico que lo transportaría a casa. Por más que se esforzó no pudo evitarlo, y en un cabezazo de sueño que apenas duro un fracción de segundos se encontró con que el tren detenido abría sus puertas. Se preguntó donde estaría, hasta que una mujer que apareció de pronto por las escaleras, extrajo de su bolso un celular.

Había regresado.

Durmió toda la noche y parte de la mañana. Después de llamar al trabajo para pedirse el día, fue hasta el baño se lavó los dientes como de costumbre. No podía sacarse de la cabeza lo ocurrido la noche anterior, todo daba vueltas como un torbellino.

Y fue cuando se agacho sobre el lavado para enjuagarse la boca y volver a verse frente al espejo que ocurrió. A su alrededor las cosas cambiaron una vez más, retrocediendo unos cuantos años en el tiempo.

Una nueva aventura pasada volvía a comenzar para Alberto.

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