miércoles, 1 de diciembre de 2010

EN RUTAS SALVAJES.-

"Hay sólo dos maneras de ver la vida: una como si nada fuera un milagro; y la otra como si todo fuera milagroso" Einstein.


Ese día comenzó tarde. Eran las diez y media cuando nos despertamos y las once al levantarnos de la cama. La pereza del domingo nacía directamente de entre las sábanas, se colaba por nuestros bostezos y se apelmazaba en los huesos.
Por más que la luz del medio día perdido golpeara la ventana, ajusticiándonos por la falta de cariño hacia esas horas, seguimos abrazados hasta que tuvimos que poner un pie abajo.
De todos modos el apuro por salir no fue nuestro motivador, la idea fue salir a las once; once y cuarto apenas nos hallamos en la cocina tomando mate y preparando uno de los bolsos (que por cierto, no era el mío).
Once y media sacamos la moto de living, y no bien pusimos ambos pies fuera de la casa, la tierra pareció tirar de nuestros cuerpos, apremiandonos a la aventura.
El sol en lo alto nos aseguró un viaje sin nubes en nuestros caminos. La brisa calmaba, fresca y chispiante, el aliento del astro. Todos compartían un perfecto equilibrio, brindándonos la sensación de lo desconocido.
Para mi lo era.
Todos los fin de semanas viajo en colectivo, y entre la multitud y el sueño que te origina el traqueteo el coche, es poco lo que uno puede apreciar. Ahora, en cambio, con el riesgo de caer de espaldas o de costado en la ruta (no es que la moto no fuera digna del recorrido), pero hay que estar despierto si no es uno quien maneja, pude contemplar todo cuanto se abría delante de mi.
Los campos eran de un color sublime, cual acrílicos desparramados con elegantes detalles sobre un lienzo. Los tonos jugaban con la vista, y los olores terminaban por embriagarme. El verde de la alfalfa y la gramilla, de los árboles y el trébol, hacia que la vida corriera delante de uno. Y el amarillo, aquel característico de las espigas de trigo, distaban lejos de hablar de muerte. ¡Todo lo contrario! Allí había esperanza.

Y así fue el primer tramo del recorrido. Cubierto por estos dos colores que invadían todo, como tremendas sábanas naturales.
No nos detuvimos en la primera ciudad, no era nuestra intención más que pasar por dentro de ella para alcanzar otro camino.
Con el nombre de un mujer antigua, la ciudad se alzó frente a nosotros, llena de colores y formas, de aromas a comida y algún que otro auto en marcha.
Pasamos desapercibidos, fugaces viajeros desconocidos. Entre vueltas y giros, dimos con en camino de tierra, esperando que ningún auto se nos echara encima. Tomamos la recta accidentada hacia un pueblo más. El trayecto si bien no fue largo, el paisaje lo hizo monótono. Casi ningún árbol, muy poco animales. Ninguna señal de movimiento.
Como si estuviéramos perdidos en un planeta terriblemente desconocido, a millones de años luz de la vía láctea.
Y sin previo aviso, dimos con el único asentamiento en todo el basto desierto. Aquel pueblo, con el nombre de una de las flores m´s alegres, según mi gusto, estaba constituido por un par de casas. Contarlas y dar su unidad, sería una doble gran falta. Por lo que tan solo diré: el vacío de sus calles y el silencio de su gente, solo era quebrado por algún ladrido flaco en el campo. Aún así, la estadía fue irremplazable.
Luego de unas horas, seguimos nuestro rumbo, por el camino más accidentado de todos lo que vi, en el cual hallamos un tramo considerablemente corto e inútil de asfalto, y que hasat el día de hoy no supe su funcíon.
La ciudad delante de nosotros se levantó majestuosa, aún sin perder su pasividad.
Recorrimos sus calles en moto, y sus veredas a pie mientras la gente común, y de todo tipo,  rondaba las plazas y los parques, disfrutando un fin de semana más. Las sombras de los árboles corrían entre las escaleras y los atrios del anfiteatro en el centro de la plaza.
Nada tiene sentido cuando no estas solo, y al mismo tiempo la dicotonomía de la vida, hace que cada minúcilo detalle exalte nuestro sentidos, haciendónos sentor vivos y unidos al otro por lazos indivisibles.
Mi colectivo llegó un par de horas después, ya con la noche sobre nosotros.
Desde mi asiento vi como su figura se alejó, sintiendo que una parte de mí se quedaba allí, en su mochila, para volver la semana siguiente.

martes, 23 de noviembre de 2010

EL CAMINO DE LUCAS (Tercera parte).-

Se miraron en silencio por un largo rato. Ninguno esperaba nada del otro, sólo existía el vacío de las palabras entre ellos dos, y nada más.
-Hace mucho que no te veíamos por acá. - dijo al fin el padre.
Lucas pestañeo un par de veces, casi sorprendido de que pudiera hablar con alguien que estaba a kilómetros de distancia. ¿Pero acaso todo aquel suelo, si es que lo era, estaba dentro de lo normal? Tan solo unos minutos atrás se encontró con su niñez, ahora, su padre le hablaba de frente.
-No tuve mucho tiempo libre ultimamente. - se limitó a sonreír.
Lucas sentía su corazón fuera de control.
-´Tapé tu bicicleta vieja. - dijo el padre para cambiar de tema. - Así no se a va a arruinar. Siempre supe lo mucho que la querías.
-Fue mi primer bicicleta. - dijo Lucas acercándose para tocar la lona áspera.
-La armaste vos solo cuando...
-Cuando dijeron que no podían comprarme una. Me acuerdo bien de eso. - los pensamientos de Lucas se dispararon a la oscuridad, y una nube gris empañó su sonrisa. Pero de la nada, muy adentro de él, surgió la voz.
-¡Callate y presta atención! - le dijo.
-Lo hicimos adrede. Sabíamos con tu madre que querías una bicicleta sin importar lo que costara. Siempre nos la pedía. Así que deje el cuadro a la vista, en el patio para despertar tu interés. ¡Y así fue! Empezaste a trabajar en él hasta que lo terminaste.
-Me costó mucho.
-Ese era nuestro plan, que supieras valorar las cosas. Eras chico, lo sé, pero fue la mejor manera de darte responsabilidad y amor por lo que haces. Sirvió para que entendieras muchas cosas, entre ellas, que el esfuerzo vale la pena.
-Estuve enojado con ustedes un largo tiempo. - dijo Lucas mirando hacia el bulto marrón que escondía su bicicleta. - Pero después ya no.
-Hasta venías a consultarme sobre como seguir tu trabajo. Estabas entusiasmado.
Su padre avanzó y le tocó el hombro antes de salir del garaje.
-¿Aún sigues entusiasmado? - dijo la voz.
Lucas miró todo el garaje  tratando de buscar algo más, quería seguir hablando con su padre.
De prisa corrió hacia la puerta y la cruzó. Pero ya no dio con el patio de su casa, ni con la fiesta de cumpleaños.-

domingo, 7 de noviembre de 2010

EL CAMINO DE LUCAS. (Segunda Parte)

Ya no se sobresaltó, sino todo lo contrario.
¿Que día era ese? ¿Porque tenía en el corazón esa sensación de conocer la respuesta sin llegar a acertar?
Mordió un trozo de pan untado y dio un trago largo a su taza, y antes que todo quedara en la nada escuchó voces en el patio.
Sin dudarlo, se levantó con prisa y abrió la puerta trasera. Nunca supo como, pero su ropa cambió por completo. Y delante e sus ojos apareció una fiesta, un cumpleaños. ¡Su cumpleaños!
Por alguna razón no recordaba aquel día. Buscó, y en medio del patio halló la gran mesa cubierta de un largo mantel estampado rojo, y arriba de éste la torta con un estadio de fútbol en miniatura en ella. Vio la vela blanca en forma e número ocho.
No pudo evitar sonreír al ver a todos aquellos niños quienes en algún tiempo lejano fueron sus amigos. Las risas y los gritos invadía todo el aire, y se mezclaba con el aroma del césped recién cortado.
Los infinitos globos se alzaban tratando de alcanzar un cielo imposible para ellos.
Lucas caminó entre la gente, se sentía feliz, como en ese día.
-Mira al otro lado del patio. - dijo la voz que le acompañaba.
Lucas, ya acostumbrado a ella, obedeció.
Un niño de pelo corto, más negro que la noche, estaba sentado sobre las escalerillas que daban al garaje. Tenía la mirada perdida hacia los demás niños que jugaban entre el payaso son gracia y las madres que intentaban repartir los vasos de plástico coloridos con jugo.
Sin dudas la tristeza era su única compañía.
-¿Sabes quien es, que le ocurre? - dijo la voz.
Lucas se reconoció al instante, y con las manos en los bolsillos fue hasta él y se sentó a su lado.
-¿Que pasa? ¿Porque no vas con tus amigos?
Tardó unos segundos en contestar, y luego de un largo suspiro dijo:
-Mi mejor amigo no vino.
Lucas pensó un minuto.
-Quizás no pudo avisarte de algo que le pasó. Seguro que te tiene presente en éste momento.
-Él no va a venir.
Lucas recordó el porque. Su amigo no viví más en la ciudad, de hecho ni siquiera en el país.
-Él siempre piensa en vos. Seguirán siendo grandes amigos. No olvides eso. A pesar de la distancia, dos personas no pueden separarse.
Vio como su niñez le sonreía.
-Nunca te olvides de eso. - se dijo acariciándole el pelo.
Lucas le ofreció una amplia sonrisa y salio corriendo con sus compañeritos que, rodeaban al payaso sin gracia para sacarle la nariz.
Lucas se levantó y se apoyó en la puerta del garaje que se abrió de improvisto.
Allí se encontró frente a su padre que en ese momento cubría un objeto con una lona gris gastada.
Una vez mas, su ropa había cambiado, hasta él mismo ahora tenía barba de dos días.
-¿Sabes lo que hay allí abajo? - dijo la voz.
-¡Sí! - dijo Lucas sonriendo.-

domingo, 17 de octubre de 2010

EL CAMINO DE LUCAS. (Primera Parte)

-Bienvenido, Lucas. - dijo la voz salida de alguna parte.
Lucas se despertó, y una extraña sensación de estar en su cama, pero no en la que se tumbara la noche anterior, lo invadió por completo.
La luz de la mañana entraba de lleno por la ventana de cortinas blancas. No recordaba tenerlas en su cuarto. Desde allí supo que no se hallaba en su casa.
Toda la habitación revestida de madera olía a pino. Los colores oscuros y el aroma, le causaron un vuelco en el corazón, aquello era familiar a todos sus sentidos.
Vestido con un pijama con miles de payasos burlones, se levantó de la cama dejando atrás la tibieza de las sabanas. Abrió la perta y, descalzo, se puso a andar por el corto pasillo que lo llevó hacia las escaleras que bajaban a la sala.
Lucas observó con atención cada detalle de aquel sitio, conocía los sillones y la mesa ratona con ese florero con la particular forma del cisne. Sabía que lo conocía, pero no sabía de donde.
-Lucas, ve a la cocina. - dijo la voz.
Miró sobresaltado hacia todos lados, pero no había nadie allí, estaba solo por completo. Pensó que era producto del sueño que aún llevaba encima y que le hacia arrastrar los pies.
Atravesó la sala y antes que entrase a la cocina, le llegó el olor a café con leche y pan fresco con mermelada de zapallo y manteca. No pudo evitar sonreír, era su desayuno favorito de cuando era niño.
Al entrar, todo estaba listo servido sobre la mesa, junto a una ventana de cortinas floreadas. Tomó asiento y comenzó a comer.
-¿Lo recuerdas, Lucas? ¿Que día es hoy? - dijo una vez más la voz de la casa.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Una Historia entre Otras.-

Salimos los dos bajo la amenaza de una nueva llovizna, dentro de todas las que cubrió la ciudad. Salimos de compras.
En realidad mi compañera era quien disponía de la necesidad de un nuevo cambio en su ropero, yo, era solo un mero acompañante y oyente.
Al principio ella no paró de hablar ni un solo instante de todo cuanto le había ocurrido, sirvió para que desahogara de todo. Pero ponerme a contar lo que dijo, seria abrir una historia nueva, semejante a las que suceden en "Las Mil y Una Noches". No les pasa a menudo que un paseo se convierte en un viaje vertiginoso al pasado de ese día, horas atrás que no tuvieron cavidad para el resto, más que para aquella persona que las narra? Hubiera podido contar lo mio, pero esta vez decidí solo escuchar y observar.
El resto de la gente que se movía por la ciudad, iba de un lado a otro con abrigos gruesos, porque no voy a mentir, el viento estaba helado con mayúsculas. Algunos corría, otros solo trataban de seguir a sus pies ligeros, con tal de llegar a tiempo a casa, a un lugar más cálido y encerrarse en algunas tareas más amenas que deambular por las calles  mojadas.
Era como si algo les preocupara.
Pero no han prestado atención a esos días? Son ideales para caminar, aunque más de una migo lo encuentre poco estimulante, y debo admitir que, en esos días el sueño llama a viva voz. Aún así, cuando uno ya esta en marcha, no puede evitar ser consciente de finos detalles. Como los son las gotas que caen una a una por cada hoja de los árboles y las flores. Gotas escurridizas que llegan a caer hasta en la parte del cuerpo donde uno omitió cubrirse, y producen un escalofrío endemoniado. Eso es genial!!! Nunca lo experimentaron?
Y caminar por las veredas desniveladas, esquivando los charcos que pretenden convertirse en océanos de no encontrar un desagüe pronto, eso si es un espectáculo!
Ni hablar de los autos que girar en las esquinas como si no hubiese nadie parado allí. y te bombardean con toda la carga acuosa que uno debe evitar maldiciendo al conductor.
Esos paseos son un sueño para mi.
Todo lo contrario es estar apoyado contra el mostrados de la, ya tercer tienda visitada, viendo como la mujer saca todo, pero absolutamente todo lo que tiene, para que mi compañera solo escoja cuna camisa.
Mientras afuera el mundo sigue su rutina adorable, comienza a llover y tenemos que correr de galería en galería para que no se moje la ropa nueva.
Aún así, no todo es color de rosa. Existe un enemigo al acecho que espera paciente atacar. Las baldosas y los mosaicos sueltos, que con un chisk hacen que lo peor llegue de abajo. Son minúsculos los puntos, pero ensucian todo lo que tocan. Y eso si me molesta!! Son los únicos que lograr enturbiar una tarde hermosa....

Pero... no hay nada como esos días. Donde pareciera que las historias de la gente se muestran a flor de piel.

domingo, 29 de agosto de 2010

Recuerdos.-

A la edad que tengo, que por cierto no es mucha, me pregunto como es que llegué hasta donde estoy, cual fue el camino que me trajo hasta aquí. Vuelvo la mente y el corazón hacia atrás, y las imágenes retornan a mi como cuadros vividos en alguna exposición.
Tengo noción de cuando era niño, y antes de la ausencia presente de mi viejo, los viajes que hacíamos juntos. Era camionero y solía llevarme con él en sus recorridos.
Amaba conocer cada uno de los caminos que se abrían delante de mi, desconocidos e indomables. Cada uno desembocaba en un sitio diferente, y la gente tan distinta la una de la otra, era como un festín de conocimiento para mí. Y con mi corta altura los veía tan altivos, imponentes, que todo lo sabían.
Hubo una casa en particular, de la que no recuerdo nombre ni dirección. Soló el gran galpón que había junto al tambo. Un galpón oscuro y enorme, lleno de todo tipo de herramientas oxidadas que en esos tiempo desconocía sus nombres y su utilidad. Y cuando tuve edad suficiente, ya no recordaba aquel lugar como para averiguarlo.
Recuerdo la tarde de calor húmedo en la que nos trajeron una jarra áspera, de color verde pálido con limonada. Los cúbitos de hielo era demasiados para poder "tomar del pico" con libertad.
Hay más de un detalle en mente, pero ya no se diferenciar si pertenecen al mismo viaje, a otros posteriores o si tan solo son producto e mi imaginación.

Por otro lado estaba mi madre. A ella la veo continuamente, aunque no esté más entre nosotros, metida en la cocina, en mi cuarto, y por toda la casa. No había comida que le saliera mal, y los aromas solían quedarse en el aire por todo el día. lo que ella hacía solía terminar bien.
El perfume al lavar la ropa convertía el patio en un basto jardín sin que contáramos con todas las plantas florares que pudieran existir.
De ella tomé todo lo que me permite seguir adelante, siempre con la frente en alto, sin dejar de intentarlo en ningún momento.
Aprendí a seguir de pie.
Sus palabras eran escasas, hizo la escuela el tiempo suficiente para saber leer, escribir y entender las matemáticas. Pero su sabiduría era mucho más que todo eso junto.

Luego están los amigos, los pocos pero buenos. Tengo recuerdos con una persona en particular con la cual vivimos pequeñas aventuras en cada ciudad que visitamos. Son los únicos recuerdos que me hacen sonreír de la nada. Conocí grandes lugares, y compartimos pequeños y grandes momentos que permanecen fijos en mí para siempre.
Es una amistad, de las que nunca se cortan.

Los recuerdos me permiten ver quien soy, y donde voy. Me han hecho el hombre que aún sueña con llegar a la luna.
Con ellos construí una basta biblioteca de conocimientos en base a experiencias únicas, porque son las que atesoro con ímpetu.
Hay otros que son descartados, porque su existencia no hace más que entorpecer la vida, estancándola en un charco de aguas negras. Retenerla sería volverla un mar de desechos impenetrables.
Aquellos momentos gravados con sus colores y aromas, con sus sonidos y horas, son los que merecen un lugar en el corazón de cada uno. Porque son eso recuerdos los que nos hacen sentir a salvo en una noche de tormenta, y de que en algún tiempo hemos vivido algo único.

viernes, 20 de agosto de 2010

EL VIAJANTE.-

…”mi condición de navegante del tiempo, de viajero de la eternidad.

Mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos”…
El Eternauta.


Alberto se despertó esa mañana, como todas por las que había pasado durante ya casi treinta años. Ya ni se molestaba en quitarse la modorra de arriba, iba directo baño donde encendía la luz tanteando de memoria la ubicación de la perilla. Ni hablar del trabajo de lavarse los dientes, eso si que se había convertido en una monotonía con la única variante que podría sufrir cada seis meses el pequeño artilugio.

Y así, esos veinticinco minutos en que tardaba diariamente para estar apunto antes de salir a la calle, ya podía hacerlos casi dormido para agregarle una cuota extra a su sueño.

El coche con el aire frió hizo que insultara hasta la mas mínima partícula de polvo que podía haber a su alrededor, echándole la culpa quien sabe a que pensamiento, por dejar sus bufanda colgada en el respaldo de la silla del comedor. Un cielo bastante gris predecía uno de esos días en que uno no quiere sacar las manos del bolsillo de su saco ni para pagar el colectivo que frenaba en la parada; por lo tanto la bufanda quedaría en su lugar una vez más.

Cuando descendió del micro no le prestó atención a nadie, le hartaba tropezarse con esas personas sumidas en sus pensamientos, como si fueran los únicos entes en la ciudad que odiaban levantarse temprano para poder vivir un año más. Para él eran todos iguales y no había otra forma de verlos.

Tan solo una cuadra lo separa desde la parada hasta el diario donde trabajaba hacía ya dos años. Siempre con las mismas noticias, los mismos chismes, la misma política hartante de sus días. El entrar al edificio no encontró ninguna diferencia con la calle, a acepción de que la calefacción estaba al máximo, al menos así lo dejaban ver las piernas de sus compañeras. Pero por lo demás, una reproducción exacta y a escala de lo que era el tráfico en esos momentos de la puerta hacia fuera.

Saludó a unos pocos, ni siquiera sabía porque lo hacía pero al menos una vez cada tanto no tenía nada de malo ser cortes. Aunque no tenía que tomarlo por costumbre. Hizo un par de comentarios absurdos sobre el partido de fútbol que, teóricamente, vio por la noche acompañado de nadie.

Todo terminó en un giro para sacarse su abrigo y colgarlo sobre su silla, apartar esta del escritorio y prender su computadora.

Ese día tenía que terminar un artículo en particular. Ninguno de los que escribió en su vida lo había apasionado tanto como aquel y en especial uno de sus personajes en particular.

Bajo un viejo edificio, que estaba siendo reconstruido desde lo cimientos, los operarios hallaron cinco cuerpos enterrados a más de un metro en el suelo. Todos mayores, de edades que rondaban entre los treinta y cinco y los cuarenta. Cuatro de las víctimas eran hombres, y tan solo una mujer. Los peritos informaron que estaban allí desde hacia casi sesenta años. Sus huesos eran testigos de la nueva generación que sobre ellos se levantaba. Jamás hubiera sido posible identificarlos si no fuese que cada uno llevaba sus documentos dentro de una bolsa plástica.

Después de muchas investigaciones Alberto dio con una foto de la víctima y quedó prendido de su recuerdo. La mujer trabajó como enfermera en un hospital cercano al lugar de los hechos y allí, todas las personas eran recordadas con una imagen colgada en las paredes. El rostro de la mujer lo cautivó para siempre, no dejaba de pensar ni un segundo en su cálida sonrisa y en sus ojos negros (aunque la foto era en esos colores, blanco y negro).

Por más que trataba, Alberto no podía dejar de pensar en ella; en la suerte que había corrido su corta vida pues según dieron los estudios, era la mas joven del grupo. Él paso todo el día y la tarde recogiendo información de cada una de las personas halladas, y en especial de la mujer, no quería omitir detalle de cuanto sabía del caso. Estaba en lo más profundo de él, dar a conocer a toda la sociedad lo que había ocurrido con todos, en especial con ella.

Así que ni cuenta se dio del paso de la hora, y cuando fue consciente de eso ya casi estaba solo en su trabajo. Se dijo que era suficiente por aquel día, y tomando su abrigo salió de allí.

La noche no cambió en nada, el frió glacial seguía de pie en todas partes, eso sumado al hecho de que quería llegar cuanto antes a su casa, lo condujeron a la boca del subte. Bajo en tropel con el resto de la gente que estaba en sus mismas condiciones. Sin que nadie lo notara insultó a un par de mujeres que no paraban de hablar a la hora de sacar la tarjeta para pasar por el molinete. Pero ni bien tuvo la suya, se refugió en un rincón del andén a la espera del tren y al poner las manos en el bolsillo sacó de él un papel extraño: una fotocopio de la foto de la mujer que tanto lo perseguía en su mente. Olvidó guardarla en su escritorio y ahora se la llevaba consigo.

Siguió con la mente puesta en el caso una buena parte del trayecto, y en un momento de descuido se durmió apoyado en la ventana para despertarse un minuto después completamente solo. Ni un alma transitaba el lugar, por lo que se alegro al poder subir tranquilo hacia la calle.

Y el choque con el calor lo desoriento como una cachetada nunca esperada.

Miró a todos lados, algo no estaba del todo bien. Debía de hacer como veinte grados, y los árboles de la plaza contigua estaban todo florecidos. Las manecillas de su reloj indicaron diez menos cuarto. Pero ¡desde cuanto tenía un reloj tan antiguo! La bocina del auto que casi lo atropella en medio de la calle lo sacó del trance. El coche era más viejo aún que su reloj.

Desesperado trató de hallar una explicación con la que dio segundos después, en un diario sucio en el banco de la plaza.

La fecha era de sesenta años atrás.

Y como una cascada, sus ideas fueron cayendo uniéndose entre ellas alrededor de un obsesión: salvar a la mujer entre todas las víctimas de aquel sucedo que horrorizo a la sociedad de su época. Sabía gracias a las pericias que esa era la noche de los homicidios, y dentro de una hora se llevarían a cabo. No lo dudo ni un segundo más, telefoneo a la policía y corrió hacia el lugar.

De ser posible quería llegar antes que el asesino para poder mirarlo a la cara. Pero el camino era largo. Tomó un taxi, caminó un trecho y el resto lo hizo corriendo.

Por fin alcanzó el edificio que se construía, sin aliento se metió en él tratando de no hacer ruido al chocarse con las herramientas desperdigadas por todos lados. Prestó atención hasta que le llegaron desde el fondo del lugar, ruidos a una pala cortando la tierra.

Al principio se acercó despacio, pero cuando estuvo delante del asesino, y al ver el cuerpo de la mujer en el suelo, se abalanzó sobre él. Derribaron cuanto tenían a su alcance, la pelea era atroz, y en la oscuridad era más difícil asestar algún golpe.

Pero Alberto ganó y dejó al asesino inconsciente tirado arriba de una carretilla mientras él se acercó a ver si la mujer vivía. Comprobó para su alegría que solo estaba dormida, pero viva. Quiso quedarse, pero en ese mismo momento la policía se hizo presente, y como no estaba en condiciones de dar explicaciones de cómo sabía tanto sobre el hecho decidió que lo mejor era escapar.

Desde la vereda de enfrente lo vio todo, como un curioso más. Sin poder hacer más que eso, mirar.

Confundido sobre todo lo que vivió, empezó a caminar, pensando. Porque ahora tenía un grave problema delante. ¿Cómo regresaría a su tiempo? ¿Lo habría afectado su intervención? Sin lugar a dudas, y pudo comprobarlo cuando al intentar sacar la fotocopia con el rostro de la mujer, el papel apareció completamente en blanco.

El cansancio de sus pies lo condujeron de nuevo al subte, quizás allí encontrara respuesta.

Sentando en el último vagón, trató de no dormirse para poder captar el instante mágico que lo transportaría a casa. Por más que se esforzó no pudo evitarlo, y en un cabezazo de sueño que apenas duro un fracción de segundos se encontró con que el tren detenido abría sus puertas. Se preguntó donde estaría, hasta que una mujer que apareció de pronto por las escaleras, extrajo de su bolso un celular.

Había regresado.

Durmió toda la noche y parte de la mañana. Después de llamar al trabajo para pedirse el día, fue hasta el baño se lavó los dientes como de costumbre. No podía sacarse de la cabeza lo ocurrido la noche anterior, todo daba vueltas como un torbellino.

Y fue cuando se agacho sobre el lavado para enjuagarse la boca y volver a verse frente al espejo que ocurrió. A su alrededor las cosas cambiaron una vez más, retrocediendo unos cuantos años en el tiempo.

Una nueva aventura pasada volvía a comenzar para Alberto.

viernes, 13 de agosto de 2010

El Merecer.

¿Alguna vez se preguntaron quien decide lo que es justo y que no?
He vivido situaciones donde se me ha presentado la siguiente afirmación: "Yo/ nosotros, no nos merecemos esto". Ahora bien, tengamos presente que en la mismísima Biblia nos dicen: "cosecharas lo que siembras". Y aquí aparece el kit de la cuestión.
a nivel personal, el hecho que viví requería una presencia afectiva. Una sola palabra hubiera bastado para sentir que aquella gente en la que confiaba, estaba a mi lado.
Durante todo el tiempo que duró la crisis jamás se hizo presente ese apoyo tan importante para mí. Lejos de todo apoyo monetario o de asilo, tan solo buscaba una palabra de aliento.

Logré salir adelante por mis propios medios, y un día, cuando me reencuentro con "esa gente tan especial", lo único que hicieron fue reprocharme el haberme mantenido lejos de ellos. Me cuestionaron el no enviar siquiera un mensaje de texto, afirmando con lágrimas en los ojos que ellos no se merecían aquel trato.
¿Acaso yo si merecía el abandono cuando más lo necesitaba?
Bajo la ley de "recibes lo que das", quizás sí. De la misma forma que ellos merecían mi actitud.

Es constante encontrarse frente a éste tipo de gente, que sin darse cuenta, apela a lo bueno que han hecho, lo que hemos hecho. Pero jamás se jactaran de que si reciben un golpe, es porque de alguna manera u otra, se lo merecían.
Todos somos lo que pensamos y hacemos, según la ley de la atracción. Entonces aceptemos esos pequeños sabores amargos con la frente en alto, porque en verdad, son pocos aquellos hombres que pueden decir yo no he cometido daño, y es porque ya están muertos.
Aparentemente, y me incluyo, nadie esta dispuesto a soportar embates de ese tipo. porque estamos seguros de NO merecernos tales elogios.
¿Y si la ley de la vida nos indica otra cosa?
Puede protestar todo lo que quiera, pero estoy convencido de que si esta parado allí, mojándose el dobladillo de los pantalones, por algo será.
Todo ocurre por alguna razón.

Es una constante. Siempre habrá este tipo de sucesos, pero depende de nosotros el como sobrellevarlos. porque nuestras acciones conllevarán a un siguiente plano de nuestra vida.
Aguantemos o dejemos de lado esas personas que no nutren nuestro camino, sino que tan solo aparecen como cardillos en medio del sendero.

Y que sean ellos los que decidan  si se lo merecen o no. Aunque usted y yo conocemos de antemano la respuesta.